La Armadura de los Elementos (Segunda Parte) (II)

ARMADURA DE LOS ELEMENTOS
CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestShare on LinkedIn

     Imagen:     Sheila García Corpas

II

El círculo de los traidores

 

- ¡Mierda! – soltó el príncipe Leopold – He vuelto a fallar. Ahora resultará que este mamarracho me va a ganar. No puedo consentirlo.

Anochecía.  Uno de los invitados a su fiesta y él, estaban terminando de jugar a la canasta. Se encontraban en su palacio de verano, en las praderas rojas de Alzor del Este, donde Leopold se había instalado para disfrutar un poco más de la vida y de sus placeres.

“Veamos como acaba esto. De ello depende lo que haga con este individuo. Si pierde, se va, si gana, lo mato…”

- ¡Mi señor! – gritó alguien detrás de él- Leopold se dio la vuelta frustrado. No le gustaba nada que le interrumpieran sus pensamientos, sobre todo alguien que consideraba inferior a él.

- ¿Qué ocurre? ¿Acaso no ves, insolente, que me encuentro ocupado?

- Disculpadme, mi señor, pero acaba de llegar esta carta urgente. Viene sellada por el Duque de Most.

- Dámela – le ordenó el monarca.

Efectivamente venía sellada por el Duque de Most. Era algo extraño ya que ninguno de los gobernantes del país mantenía una amistad con él, excepto Worrel, claro.

-Veamos – dijo el monarca abriendo la carta.

Se trataba de una carta formal, escrita en papel fino y con tinta azul. Leopold empezó a leerla. Al cabo de unos minutos, mostró una inquietante sorpresa, cayéndosele la carta al suelo.

- ¡Oficial! – gritó todavía atónito por la sorpresa.

Al instante llegó el oficial de la guardia.

- Preparad mi escolta. Nos vamos dentro de unos minutos. Avisad a los cortesanos y al resto de la guardia. Nos vamos a Badfort – ordenó el rey sin mirarlo.

- ¡A vuestras órdenes! – respondió el oficial algo asombrado.

No es posible – pensaba Leopold mientras subía hacia su alcoba – No es posible. Hace varios siglos que no se sabe nada. Pero ha aparecido. ¡¡La Armadura de los Elementos!! ¡¡Por fin será mía!!

Llegaron a Badfort hacia el mediodía siguiente. Se trataba de una ciudad impregnada de maldad y desolación. Era la capital de Krowwn desde que se produjo la revolución de los Grandes Traidores. Siempre que ocurría algo de gran importancia, todos los nobles tenían la obligación de acudir hasta allí para deliberar.

Pero hacía ya mucho tiempo que no se habían recibido quejas de ninguno de los nobles del país, aunque esta vez era distinto, el motivo de la reunión era otro: ¡La Armadura de los Elementos había aparecido!

Eso era lo que todos los nobles buscaban a lo largo de sus vidas: obtener el poder absoluto, el poder de tener un ejército invencible. Pero sobre todo, querían conseguir la inmortalidad. Leopold sonreía cada vez que pensaba en ello: poder supremo. No tener que depender de nadie, ser inmortal. Era lo que más deseaba en su vida: no morir.

Fueron los segundos en estar presentes, ya que allí se encontraba perpetuamente el Marqués Kalk, el nuevo marqués de Badfort desde la repentina, inesperada y misteriosa muerte de su padre, el antiguo Marqués de Badfort. Leopold le consideraba una espina clavada en su piel.

Kalk era, como el resto de los nobles, un joven ambicioso y cruel. Lo único que le distinguía de estos era su inteligencia. “Demasiado inteligente”, pensaba continuamente el monarca Leopold.

Leopold se bajó de su carruaje y entró en el oscuro y tenebroso templo en el que se reunían los nobles en casos de urgencia y que era su símbolo de poder: El templo de la Hidra del Mal.

Cuando entró, se dio cuenta, como era de esperar, de que Kalk ya se encontraba allí. Éste ya estaba sentado en su puesto, preparado para la reunión y con una copa de vino cerca. En cuanto vio llegar a su rey se levantó y se arrodilló ante él.

- ¡Mi señor! Cuánto tiempo – dijo sonriente Kalk – ¿Qué tal por vuestras tierras?

- No me va mal. Acabo de recibir hoy mismo la carta que nos cita aquí. Mientras, miraba derredor. Pudo observar que cerca del joven marqués se encontraban los soldados de su escolta. “Sigue siendo precavido. No ha cambiado” -pensaba el monarca – ¿Sabes por casualidad lo que ocurre?

-Sí, majestad – respondió sonriente Kalk, al comprobar también que Leopold había traído a su escolta – Al parecer, el hijo de Worrel, Jonh, ha descubierto dónde se encuentra la Armadura de los Elementos. No sé si será verdad, ciertamente –comentaba mientras cogía su copa de vino.

- ¿Cómo es que la ha descubierto Jonh? – preguntó inquisitivo el monarca– es Worrel el que gobierna en las Colinas Boer.

- Lo ignoro, mi señor, veremos lo que nos comenta Worrel cuando llegue.

- Sí… Vayamos acomodándonos, Kalk, que ya empiezan a entrar más invitados. Este asunto nos atañe a todos ¿Verdad?

- Verdad, mi señor.

Lo que ninguno de los dos podía imaginarse era que Jonh iba a llegar proclamándose como nuevo conde de las Colinas Boer.

Los convocados habían ocupado sus respectivos puestos alrededor de la enorme mesa de forma ovalada y con el símbolo del círculo de los Grandes Traidores en el centro: la Hidra Gris devorando a un hombre violentamente, todo ello bajo fondo rojo sangre.

- ¿Estamos todos? – preguntó impaciente Leopold.

- CASI todos, majestad – replicó Kalk – falta el conde Worrel…

- ¡¡Que no podrá asistir!! – Se oyó de pronto una voz desde la entrada de la estancia- Los asistentes se volvieron y miraron hacia allí con cara de asombro.

- ¿Por qué no puede asistir Worrel? – preguntó el conde de las Comarcas Bajas.

- Él está… ¿Cómo decirlo?: ¡Muerto! – dijo la extraña figura sonriendo y acercándose a la mesa.

Los asistentes supieron entonces quién iba a sustituir al antiguo conde: su hijo Jonh.

- Vaya, era de esperar – replicó desde su sillón Kalk – el hijo suplanta al padre. ¿Una muerte accidental, quizás? – preguntó con sarcasmo.

- Quizás… – respondió Jonh ocupando su puesto – podemos empezar.

- La sesión comienza –anunció el rey Leopold – estamos aquí porque hemos recibido un mensaje pidiendo ayuda del “conde”

Jonh, ¿No es así? – preguntó con ironía.

- Así es – dijo tranquilamente Jonh – pido vuestra ayuda “humildemente” para que me ayudéis a derrotar al guardián de la Armadura de los Elementos.

Un murmullo general recorrió toda la estancia. Todos comprendían una cosa: la Armadura había reaparecido y el conde necesitaba su ayuda, la de TODOS.

- ¿Cómo estás tan seguro de que se trata de la enigmática Armadura?, en muchos lustros no se ha sabido nada de ella…

- Lo sé. Lo comprobé yo mismo – replicó Jonh alzando ligeramente la voz – Es ella, la Armadura de la que habla la leyenda.

- ¿Y por qué crees que vamos a ayudarte? – le preguntó seriamente el rey Leopold – Al fin y al cabo, ESTÁ en tus dominios.

- Porque si lo consigo, ninguno de los aquí presentes se podrá perdonar semejante dejación, es nuestra oportunidad, la de todos nosotros.

Leopold le miró furioso. No le gustaba nada que alguien le hablara con aire de superioridad. Y menos un adolescente.

- Y se puede saber, si es posible, ¿quién es el individuo que guarda tan preciado objeto? – le preguntó otro de los presentes.

Jonh se acomodó en su sillón.

– La tiene un muchacho llamado Kalwen.

No pudo acabar la frase. Al oír la palabra “muchacho” todos los congregados estallaron en carcajadas. ¡Un muchacho! ¡Un insignificante muchacho!, ¡otro “adolescente” era quien guardaba una Armadura de grandísimo poder! Era demasiado bueno para ser cierto.

- ¿Estás diciendo que la Armadura de los Grandes Jinetes, la Armadura que llevó el joven héroe que venció al Jinete Oscuro, la misma que consiguió llevarse éste al exilio, la guarda un insignificante muchacho? ¿Y dices que necesitas nuestra ayuda?

Kalk se secaba las lágrimas de la risa que le había causado tal información.

- ¡No es un insignificante muchacho! – respondió enfadado Jonh. – Se trata, como os he intentado explicar, de Kalwen, hijo de Walker y descendiente directo del joven Héroe.

- ¿Qué importa eso? – replicó Kalk.

-  Sí que importa – intervino de pronto Leopold.

Todos los presentes se volvieron entonces hacia su monarca para observar lo que iba a decir.

- La profecía dice así: “Habrá un día en que aparezca un joven que se pondrá la Armadura. Entonces, ésta le elegirá y dirigirá al ejército de Orgoks para limpiar de maldad al desolado país de Krowwn”. Podría tratarse de ese Kalwen, siendo éste descendiente directo del joven Héroe.

- ¡Esto es absurdo! – intervino Kalk dando un golpe a la mesa – No sabemos si ese individuo ES el elegido. Además, aunque quisiéramos capturarle no sabemos dónde se encuentra, ¿O acaso el majestuoso conde Jonh lo sabe? – preguntó Kalk con                                    desprecio…

- ¿Sabes dónde puede estar? – le preguntó Leopold a Jonh.

- No. He registrado toda la comarca, pero no hay indicios suyos. Ni rastro de él.

- ¿Has reparado en los Scuarrels? – le preguntó el noble de las Comarcas Bajas.

- ¿Los Scuarrels? – Jonh estaba incómodo – No, pero no puede estar con ellos. No son más que insignificantes pastores de cabras…

- ¡Eso es lo que tú te crees! Los Scuarrels son los descendientes de los que acompañaron al Héroe en su exilio. Tienen más poder del que os imagináis.

- ¡Mierda, está allí! – verbalizó encolerizado Jonh – ¡Necesitamos ir a por ellos, inmediatamente…!

- No te acalores “joven” – repuso otro de los presentes – ¿No recuerdas que para utilizar la Armadura es necesario tener la esencia vital de la Bestia? Pues bien, no la tiene.

 – Por el momento, – se oyó pensativo al monarca mientras iba mirando a cada uno de los gobernantes – lo importante será decidir si anunciamos un estado de guerra o no.

- Muy bien – intervino Kalk – sometámoslo a votación. ¿Hay alguno que esté en contra de declarar la guerra?

Nadie levantó la mano.

- Está decidido- anunció el monarca – someteremos al tal Kalwen a busca y captura por todo Krowwn. Todas las comarcas colaborarán se procederá al reclutamiento obligatorio de los hombres jóvenes para una inminente  invasión. Se cierra la sesión.

Poco a poco los asistentes fueron retirándose con sus respectivas escoltas. Todos se miraban de reojo intentando no aparentar el inmenso interés que sentían por conseguir la preciada Armadura.

Se mascaba la desconfianza en el ambiente.

Javier Cameno Higuera

Javier Cameno Higuera

Escritor at ScripToryuM
Comenzó su actividad literaria a los 14 años., con la novela fantástica “La Armadura de los Elementos”, cuya historia relata las aventuras de Kalwen, quien sin desearlo, deberá emprender su propia Odisea y embarcarse en un viaje lleno de aventuras y emoción. Finalizar este relato le llevaría tiempo, ya que el estudio era lo primordial (y lo sigue siendo).

Ya en la carrera formaría parte del grupo de fundadores de Scriptoryum Sociedad de Escritores y renovaría sus ganas de escribir, hecho notorio al hilar un nuevo relato: “Apofis; Las Baladas de Sussan”. Ya dentro del equipo comenzó a escribir ensayos y artículos de opinión, tanto como para evitar perder el ritmo literario como para mostrar sus reflexiones e ideas sobre temas varios. Algunos de los artículos que se ha sacado de la chistera son “Cinismo en el Futbol”, “Un Avance para el Empresario; un retroceso para el Trabajador”, “La Generación Perdida”, “Lo obvio resulta lo más peligroso” o “Un Clásico Más”.

Aunque en la actualidad sigue enfrascado en sus estudios, sigue buscando ratos para dedicarse a plasmar en el papel sus desvaríos e inquietudes.

Latest posts by Javier Cameno Higuera (see all)