La Historia encadenada (IV)

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     Imagen:     Álvaro Cartagena Vega

Consecuencias on the rocks

Olvidar de primeras a alguien que lo ha sido todo para ti,  no es tarea fácil. Doy fe de ello. Nora no solo era mi chica; sin ella mi vida dejaba de tener sentido, valor… ¿Saben lo que es levantarse de madrugada, dirigir la mirada y contemplar con el alma destrozada que todo lo ocurrido es la triste realidad y no una pesadilla? Es uno de esos momentos en los cuales te sientas en el borde de la cama, en la más completa oscuridad, escondiendo tu cara entre las manos mientras sueltas la angustia que no para de salir de lo más hondo.

Cuando la vida te suelta estas patadas, lo primero que te preguntas es: “¿Por qué host… me tiene que pasar esto a mí? ¿Tan mal me he comportado?”. No es lo mismo la percepción que se da desde fuera que desde dentro de la cuestión; cualquier testigo que hubiera presenciado aquel acontecimiento (por llamarlo de alguna manera), cuando Gontzal experimentó las consecuencias de la traición, podría haber aludido a varias razones. La más común: que me dio una enajenación mental (lo cual no es equivocado, dadas aquellas circunstancias).

Para mí, el resultado de aquella causa fue la consecuencia más lógica. Cualquier ser vivo hubiera actuado de aquella manera, al ver como a la razón de su existencia la estaba besuqueando un ser al que, hasta ese momento, era considerado un igual. Un hermano. Cuando se viven estos sentimientos con otra persona, por la cual se daría la propia sangre si le ocurriera algo, la reacción resulta extremadamente peligrosa. E imparable.  Gontzal, aún y todo, tuvo mucha suerte; de vez en cuando me viene a la mente consecuencias de mi rabia que pudieron acabar aún más en tragedia y con un final irreversible. Yo habría acabado entre rejas, e igual mi fin habría aparecido en forma de cinturón rodeando mi cuello y suspendido mi cuerpo en la oscura celda.

Pero la realidad fue distinta. Él vive (malamente, pero respira) y ella… bueno su historia posterior es interesante. Supo lo que era la traición (los cuernos tan conocidos) e imagino que su mente le arrastraría al momento tan señalado, en aquellos urinarios. Gontzal la trató como a una puta (hablando en plata) y ella se dejó, seducida por las palabras bonitas y el papel moneda. Así de simple. En mi caso, superar aquel trauma no fue sencillo; tuve una temporada en la que no me relacione con nadie. Mi recorrido era de casa al bar y viceversa. Mañanas en mi alojamiento y tardes frente a un vaso de whisky, en la esquina más lúgubre del establecimiento, hasta altas horas de la madrugada, cuando el local cerraba y mi única mortaja era la luz de las farolas, ligeramente alterada por los tenues rayos de sol que despuntaban al este. Solía recorrer entonces la larga avenida de mi localidad, frecuentada únicamente por algún animal callejero o por los típicos jóvenes de botellón, quienes apuraban los últimos instantes de oscuridad, antes de regresar a la estática realidad. A veces, de entre mi sopor propio del alcohol, vislumbraba alguna pareja expresando su amor, entre las sombras de la noche. Aquella imagen provocaba en mí riadas de recuerdos, cuando Nora y yo escapábamos del mundo para fusionarnos en uno, sin importar las responsabilidades. Aquella tártara[1] imagen creaba en mí un sentimiento de dolor y odio insuperable, que en alguna otra ocasión provocó algún que otro disgusto.

En uno de esos paseos sin rumbo me topé con Gontzal. Estaba sentado en un banco de la plaza con un grupo de gente; sus nuevos amigotes. Toda su calaña le miraba apasionada, como si les estuviera relatando alguna hazaña más propia de sus sueños que de la realidad. Me quedé en las sombras, mirando aquella imagen, mientras apuraba una botella de Black Label que había adquirido aquella misma noche.

De pronto, una mano a mi espalda me tocó el hombro. Me giré en el acto, sorprendido. Era Dungu. Llevaba sin verle bastante tiempo, así que la sorpresa era evidente.

-       ¿Qué haces tú aquí? – le increpé. El alcohol hablaba por mí, mezclado por el odio y aumentado por la ira.

-       Edu, tío. No te quedes aquí. Ven, te llevo a casa.

Tuvo que esforzarse para que cediera, pero por el rabillo del ojo pude ver como la chica al lado de Gontzal no era Nora, aunque no pude ver de quién se trataba.

-       ¿Dónde está Nora? – pregunté casi gritando mientras señalaba al grupo alumbrado por la tenue luz –        ¿Por qué ese mamon está con otra pava bajo el brazo?

Dungu me arrastraba sin mediar palabra, tirando de mí con dificultad, pues en ese estado de embriaguez me encontraba demasiado patoso. Continuamente miraba para atrás, por ver de quién se trataba. Finalmente Dungu me llevó hasta un lúgubre callejón, lejos de las miradas indiscretas.

-       ¿Qué ostias está pasando aquí, Dungu? – grite, estrellando la botella contra la pared de enfrente. El manchón de la bebida que quedaba en su interior se deslizo por la pétrea superficie hasta llegar a la acera.

-       Edu, tío, tienes que pasar página. Nada puede solucionar el pasado – Dungu me sentó en la acera, mientras miraba en derredor.

-       ¡No me vengas con gilipolleces! Aquí pasa algo y tú sabes el porqué, así que si no me lo dices te estamparé la cabeza contra el puto suelo. ¡Sabes que lo haré!

Dungu agachó la cabeza y suspiró tres veces. Al mirarme de nuevo vi como tenía lágrimas en los ojos, como si la oscura realidad no pudiera guardarla dentro de sí por más tiempo.

-       ¿Por qué crees que Gontzal hizo aquello con Nora? – me preguntó.

De nuevo la visión de aquellos asquerosos baños me llegó a la retina. Patee un trozo de la botella, a la vez que apretaba los puños.

-       No exculpes a Nora. Sabía quién la estaba besando…

-       Gontzal siempre ha querido lo que nunca ha podido poseer.

-       ¿Qué quieres decir? – pregunté confuso – tiene todo lo que sueña. Los dos lo sabemos.

Dungu escondió la cabeza entre las rodillas, soltando un ruido que parecía más bien un gemido que un suspiro. A partir de ese instante, me descubrió una realidad sobre alguien de quién nunca hubiera dudado sobre su fidelidad…

          Gontzal siempre te ha envidiado, Edu. Él tiene dinero, pero nunca ha experimentado el cariño; la amistad verdadera. Siempre ha querido tu puesto, el de jefe del grupo, ya que pensó que así todos le admiraríamos y respetaríamos. Como no pudo lograrlo, jugó su última carta.

Él se empeñó en que celebrásemos tu cumple en aquella casa. La idea originaria era una megafiesta por el pueblo, pero al final todos accedimos. ¿Por qué no? Nunca lo habíamos hecho; seguro que era espectacular. Pero solo buscaba llevarnos a su terreno, para tener mayor ventaja y culminar su plan. Él quería que Nora rompiera contigo.

Mi rostro se quedó pálido. Quise interrumpirle, pero Dungu continuó con su relato.

Todo fue espectacular. La comida, la juerga de después… lo estábamos pasando “teta”. Pero Gontzal sabía que en tu ciego querrías disfrutar totalmente del entorno, de tu gente… cometer locuras. Te lleva estudiando bastante tiempo, se imaginaba perfectamente la reacción que tendrías al ver el lugar… y sobre todo, que Nora se quedaría sola (al menos en parte).

Él la prometió todo lo que ella quería escuchar: mayor atención, regalos, viajes de ensueño, fiestas sinigual. Se quedó a su lado toda la noche, escuchando sus desahogos y arropándola para consolarla. Pero ella seguía enamorada de ti, así que si lo que esperaba Gontzal era llevársela al catre, la jugada le salió mal, pero no por ello dejó de insistir. Se aseguró de que se encontrase a gusto al ver a un amigo atendiendo y escuchándola. Así la encontraste al día siguiente; feliz.

   Cada vez me iba hirviendo más la sangre… saber que toda aquella quedada, la celebración de mi veintidós cumpleaños y la salida a la nieve habían sido una vil estratagema para quitarme a Nora…

Llegamos a las pistas llenos de ilusión, pero nuestro querido Gontzal ya había planificado su siguiente estrategia para completar sus planes. Nora se había dirigido al bar para tomar algo antes de ponerse en marcha y él la siguió, aparentado el amigo galán que ella al menos deseaba que fuera. Tras un rato ella se excusó para ir al  lavabo, pero Gontzal no se quedó ahí; la sorprendió a la entrada e intentó convencerla de que se enrollase con él, pues la iba a hacer feliz y dichosa. Ella se resistió, pero él fue más allá… y fue cuando apareciste. El resto de la historia ya la conoces.

Después de eso, llegó el silencio. Tanta información para mis neuronas (algo difusas por la cantidad de bebida alcohólica) propiciaba un lento procesamiento.  La incertidumbre por intentar hacerme a la idea era realmente difícil y dolorosa.

-       Aún no me has dicho que ha sido de Nora. ¿Por qué ese hijo puta no la tiene ahora bajo el brazo?

-       Cuando Nora te dejó de lado, se echó a sus brazos, cierto. Pero él la separo de su lado cuando ya no resultó útil en su vida. Ahora esta con otra – Dungu hundió más su cabeza entre las piernas, como si quisiera tocar la frente con la acera.

-       ¿Y la cuadrilla? – pregunté de nuevo, chirriando mis dientes.

-       Se deshizo. Salvo Sergio, que sigue a su lado, los demás nos hemos separado. Gontzal me mandó a la mierda pronto y no quiero volver a verle. Ha hecho mucho daño.

Lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. No podía concebir como alguien de mi entorno había realizado tal estratagema con la envidia como única motivación. Dungu me dijo que supo todo esto porque Nora, cuando fue rechazada por Gontzal y se encontró sola, acudió a él para desahogarse.

-       ¿Dónde está ella? – pregunté, con los ojos rebosantes de lágrimas – llévame donde se encuentre.

Dungu alzó la cabeza y miró al vacío.

-       Déjalo, tío. No te tortures más. Lo pasado, pasado…

-      ¡No remolonees! – grité agarrándole del pecho, a la par que un agobiante sentimiento ocupaba mi cabeza – responde a la pregunta, que es bien sencilla.

Dungu quiso hablar, pero nada salió de su boca. Únicamente señaló con el dedo hacia la costa…

[1] Del Tártaro: lugar de sufrimiento inhumano, perteneciente al inframundo greco – latino.

Javier Cameno Higuera

Escritor at ScripToryuM
Comenzó su actividad literaria a los 14 años., con la novela fantástica “La Armadura de los Elementos”, cuya historia relata las aventuras de Kalwen, quien sin desearlo, deberá emprender su propia Odisea y embarcarse en un viaje lleno de aventuras y emoción. Finalizar este relato le llevaría tiempo, ya que el estudio era lo primordial (y lo sigue siendo).

Ya en la carrera formaría parte del grupo de fundadores de Scriptoryum Sociedad de Escritores y renovaría sus ganas de escribir, hecho notorio al hilar un nuevo relato: “Apofis; Las Baladas de Sussan”. Ya dentro del equipo comenzó a escribir ensayos y artículos de opinión, tanto como para evitar perder el ritmo literario como para mostrar sus reflexiones e ideas sobre temas varios. Algunos de los artículos que se ha sacado de la chistera son “Cinismo en el Futbol”, “Un Avance para el Empresario; un retroceso para el Trabajador”, “La Generación Perdida”, “Lo obvio resulta lo más peligroso” o “Un Clásico Más”.

Aunque en la actualidad sigue enfrascado en sus estudios, sigue buscando ratos para dedicarse a plasmar en el papel sus desvaríos e inquietudes.

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