La Historia Encadenada (V)

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     Imagen:     Álvaro Cartagena Vega

Tan lejos y a la vez tan cerca

 

Ya han pasado varios meses desde que tuve aquella trascendental conversación con Dungu. Parece que voy asumiendo todo lo que pasó en aquel maldito cumpleaños y en los días posteriores. Dungu sigue a mi lado. Me llama y quedamos de vez en cuando. Pero allá a donde vamos todo me recuerda a ella. Nora, mi maravillosa amiga Nora. La cafetería, el parque, el paseo de la playa… cada lugar trae consigo una tortura de recuerdos que no puedo remediar ni poner fin.

La siento conmigo, a mi lado en cada paso que doy. Muchas veces he tenido unas inmensas ganas de llamarla. Pero, ¿a dónde?. Allí donde está los teléfonos son inútiles. No puedo hablar con ella y yo necesito oír de su boca todo lo que pasó con Gontzal.

Desde aquello no he podido, quizás tampoco he querido, hacer nuevos amigos. ¿Será la edad?, ¿estoy demasiado mayor para conocer gente?, o es que ¿realmente no quiero?. Tantas preguntas me recorren la cabeza y con una sola respuesta. Quiero pero no puedo. Ya no puedo confiar en nadie. Me siento tan roto por dentro que no quiero que me hagan daño de nuevo.

Me empiezo a plantear hacer un cambio. Salir de esta maldita ciudad en la que a cada paso que doy tengo varios ojos pegados a mi nuca. ¡Cómo no!. Soy aquel chico que le dio una paliza a un chaval por yo que sé qué. Todos sabemos lo mala que es la rumorología. Bueno y no se me olvide que por mi culpa ella se marchó. Por supuesto, eso también lo provoqué yo, ¿Cuándo? ¡Si estaba tan metido en mí mismo que ni me enteré! Y eso que también salió en el periódico local…

La pelea, las consecuencias, todo en primera plana. Y yo sin enterarme de nada.

He retomado las clases, hasta entonces demasiado abandonadas y cambiadas por las juergas con la pandilla. Supongo que me mantienen entretenido. En clase todos tienen su grupo de amigos, creo que yo los espanto. Dentro de poco será mi cumpleaños y la losa del anterior me persigue. De todas formas, ¿con quién lo voy a celebrar? ¿acaso tengo ganas para grandes festejos?

La respuesta a la primera pregunta podría ser, con Dungu, con Sergio o con Clara. Pero todos han rehecho sus vidas, y creo que nadie ha olvidado la catástrofe del anterior cumpleaños. De hecho puedo decir, por palabras de Dungu, que la última vez que se reunieron los tres fue para despedirse de Nora, ocasión en la que Gontzal no apareció. Imagino sus motivos pero realmente solo él mismo lo sabe. También podría invitar a los compañeros de clase, pero tengo la lepra, coloquialmente hablando, claro. Así que vaya planazo.

Respecto a la segunda pregunta, he de admitir que tampoco tengo ganas de fiesta, por lo que me agarraré a mi botella favorita el whisky, y trataré de dedicarme a ver pasar el día lo más rápido posible.

En estos meses no he conseguido estar con una chica más de lo que dura un vaso lleno de alcohol en mi mano. Muchas veces he gritado, ¡a la mierda todo! Y lo he intentado, vaya si lo he intentado, pero cada vez que una chica se acerca a mí sólo puedo ver su cara. Mi Nora, mi amiga, mi mejor compañía.

***

-      ¡¡¡¡¡Feliz cumpleaños!!!! – grita mi madre desde la puerta de mi habitación.

-     Mamá déjame dormir que no tengo el cuerpo para ruidos.

-     Pero hijo, no todos los días se cumplen los veintitrés años.

-    Ya mamá sólo una vez en la vida. Todos los años es la misma canción, la misma frase y la misma respuesta por mi parte. – afirmo comenzando a agravar mi enfado, mi dolor de cabeza y mi resaca – anoche estuve celebrando mi cumpleaños y ahora quiero dormir, ¡lárgate!

En cuanto oigo cerrarse la puerta de la habitación me siento mal. Sus intenciones son buenas. Sabe que lo he pasado muy mal en este año y quiere animarme, como siempre. Así que por ella, y solo por ella, me levanto de la cama. Lo primero una ducha y un Espedifen, luego ya hablaremos de desayunar o comer, que de momento tengo demasiado revuelto el estómago.

 Ya aseado me dirijo a la cocina. Mi madre está preparando algo al fuego. Huele bien, pero sigo revuelto. Comienzo a sentarme en una de las sillas de la mesa de la cocina, dispuesto a abrir regalos de la familia cuando suena mi teléfono. Es Dungu. Me pregunta qué tal me ha sentado un año más pero yo sólo puedo emitir una especie de gruñido pues su voz me traslada al maldito día en que me raptó. Hemos quedado esta tarde para tomar algo y dar una vuelta.

Pasa la mañana con las felicitaciones oportunas por parte de toda mi familia. Mi estómago tiene vida propia y no me deja probar bocado. No lo entiendo. En anteriores resacas, una vez transcurridas varias horas desde que abandono la cama, empieza a rugir como si no tuviera fin y tengo que comer algo porque pienso que me va a dar un sincope.

Pero hoy no. ¿Será culpa de la edad? ¿Me estoy haciendo tan mayor como trata de recordarme mi madre todos los días? ¿Serán los recuerdos que me atormentan? Demasiadas preguntas, y yo con dolor de cabeza…

Estoy con Dungu paseando por el puerto. Aún no me encuentro del todo bien pero necesitaba salir de casa. Una buena charla siempre viene bien, al fin y al cabo es el único amigo que tengo.

-     Para- me dice Dungu. Yo le miro con cara de sorpresa ya que en ese momento yo no estaba hablando, por lo que no se refería a mis palabras. Detengo mis pies y me fijo en su cara. Juraría que ha visto a un fantasma.

-     Dungu déjate de coñas que no tengo cuerpo- le respondo yo.

-    No es coña mira hacia allí- me ordena moviéndome la cabeza en la dirección en que segundos antes señalaba su dedo.

Allí a lo lejos vi aquella fabulosa melena. No había podido olvidarme de ella. Sí era Nora que corría hacia mí como si yo fuese su caballero de armadura que la acabase de salvar de un temible dragón. Yo no me lo podía creer. Estaba absorto, asustado y quizás hasta ilusionado.

No tuve tiempo a reaccionar. Dos millones de imágenes se agolparon en mi mente cuando recibí el impacto de su cuerpo contra el mío. Y en ese momento, justo en ese momento enredada mi cara entre sus cabellos, recordé la conversación que tuve con Dungu en aquel lúgubre callejón:

 “Cuando Gontzal la dejó tirada  y se fue con otra, ella no lo pudo soportar. Sintió que por culpa de él había perdido todo. A su cuadrilla, sus amigos y por supuesto a ti. La obligaron a ir a un psicólogo pues ni comía, ni dormía, y este en vez de recetarle alguna pastilla le aconsejó que lo mejor que podía hacer era marcharse de la ciudad. Tardó varios días en decidirlo, pero al final se marchó con su tía abuela a Inglaterra, de esa forma además de cambiar de aires estudiaba inglés. Nos reunió de nuevo a Sergio, Clara y a mí y nos lo contó. La acompañamos al aeropuerto y nos pidió que por favor no la llamásemos, que sino no iba a ser capaz de desconectar y recuperarse. Nos hizo prometer que permaneceríamos juntos por todos los recuerdos que nos unían, pero ya ves que no lo hemos cumplido. Por eso entristezco yo también al recordarla, pues me siento en parte culpable por no haber sido capaz de mantener mi promesa. Ahora sólo nos queda esperar. Esperar a que se recupere y decida volver. Si es que alguna vez vuelve”.

Fin

Tamara Corpas Virtus

Tamara Corpas Virtus

Escritora at ScripToryuM
Originaria de Barakaldo, un pueblo de Vizcaya. Su pasión por la lectura comenzó relativamente tarde. A la edad de 17 años, cursó la asignatura de Literatura en el colegio, y su profesor les dijo que a aquellos que les gustase leer iban a cogerle más cariño al arte de la lectura, y a aquellos que no, el cual era el caso de Tamara, les acabaría gustando. Durante el curso leyeron libros de diferentes autores conocidos, siempre por obligación ya que era la única forma de superar la asignatura. Cual fue la sorpresa de nuestra protagonista cuando a la llegada del verano se dio cuenta de que echaba de menos tener un buen libro entre sus manos. Así que le pidió a una amiga lectora que le prestase el libro que más le había marcado. El elegido fue “El médico”, un libro cuyo principio es muy dramático y cuya trama muy interesante a ojos de la recién estrenada lectora.

Su pasión por la lectura le llevó a corregir el libro escrito por su pareja Álvaro Cartagena, cuyo título es Último Despertar. Y lo que comenzó como un simple favor hacia su novio, hoy en día se ha convertido en la mayor labor que realiza dentro de la Sociedad de Escritores Noveles, Scriptoryum.

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