Olimpiadas Cotidianas (I)

Olimpiadas cotidianas
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     Imagen:      http://acuarelasjosmar.blogspot.com.es/

CAPÍTULO 1

Cómo cada sábado, voy a comprar el pan al supermercado de la esquina. En ocasiones, me permito un capricho: Unas rosquilletas, una napolitana de jamón y queso (endiabladamente sabrosa) o unas galletitas, por ejemplo. Y si no se da el caso, descuidad, el pan siempre llegará a casa con la punta roída, la gula es demasiado fuerte. Suelo entrar por la parte lateral, que está más cerca del pan y por donde hay pocas tentaciones entre mi meta y yo, solamente hay que pasar por dos secciones.

¡Pero qué secciones!

La primera es la de perfumería, donde nunca falta Jacinta, la vecina del tercero. Jacinta es una adorable señora de 80 años que aunque a veces compra algo, está allí principalmente para charlar. Cuando tengo tiempo, le ofrezco conversación, sino, algún incauto pasa cerca suyo y cae en sus redes.

Esa es la parte sencilla, ahora viene la parte graciosa. De repente, penetro en una nube tóxica que no me deja respirar, solo puedes salir vivo de la “Miasma de fragancia” de tres formas: Una máscara de gas (Me lo he planteado seriamente) reptando a lo marine (No lo he llevado a la práctica pero es efectivo, los empleados de allí lo realizan a la perfección) y la que yo utilizo, un sprint aguantando la respiración acompañado de tres padres nuestros.

Una vez superada la tormenta, Ulises aún debe superar a las sirenas para llegar a Ítaca. Yo también me enfrento al mismo enemigo: Bollos, pasteles, frutos secos, chocolate. Una vez entablas contacto visual, sucumbes. Tienen demasiado poder. Luego lo agradecerá tanto tu barriga como tú cartera. Y es posible que al igual que en la obra, tu viaje dure más al quedarte sin dinero y tener que volver.

¿Qué hacer en este caso? De momento no hay manera humana de derrotarles. Científicos de la NASA han propuesto algún método revolucionario, pero que no ha dado resultado. Por lo tanto, lo único que puedo recomendar es que te desabroches el último botón del pantalón antes de pasar por esta sección para evitar posibles accidentes.

Cuando ya he superado este bache, me cruzo con mi habitual compañero de armas; el vecino del segundo, Evaristo. Evaristo y yo tenemos una especie de pacto que consiste en esto: Si uno no llega a tiempo por la razón que sea, el otro le comprará una barra de pan que posteriormente le abonará. Así ambos tenemos la seguridad de tener pan en la mesa.

Ahora os estaréis preguntando ¿Qué pasaría si  ninguno pudiera ir a por el pan?

Caos, muerte y destrucción: Hay quien sostiene que las grandes guerras de la historia han sido provocadas por la religión; otros afirman que era por cuestiones económicas o territoriales, etc. Pero no, la muerte se sustenta por falta de pan. ¿Por qué llevó Atila a cabo esa sangría? Porque no tenía pan para hacerse un montadito con la cabeza de su última víctima y cogió un buen cabreo.

¿Por qué invadió César la Galia? Porque Vercingétorix tenía cada día un bocata imperial y él no. Luego dijo su famosa frase: “Alea jacta est” Que en realidad quiere decir, la salsa está echada ¿Sobre qué? Sobre el pan obviamente.

¿Acaso España fundó ese imperio por su tecnología, su habilidad o su ejército?

No, claro que no. Lo que pasaba es que les sobraba pan. Que no os engañen, los soldados iban armados con barras recién horneadas, y se las tiraban a los ejércitos enemigos. Claro, como la mitad estarían muertos de hambre, no se resistían, y ahí sí, les pegaban un tiro y punto.

Pongamos como ejemplo un hecho más reciente. La crisis de los misiles. Que en realidad, es la crisis de los bocatas. Castro amenazaba con lanzar esos misiles a la panadería más cercana de la casa blanca. Por eso Kennedy se achantó, no podía faltar su bocadillo de las mañanas.

De ese fatídico día en que ni Evaristo ni yo pudimos comprar el pan conservo una cicatriz en el brazo y varios secretos de estado.

Esta rutina tan armoniosa cambia un día de sopetón. Evaristo había llegado un poco tarde al supermercado, y yo ya estaba en la caja con su barra pensando que no iba a venir. Cuando llega a la caja, un cliente habitual dice: – Veo que no puede seguirle el ritmo, mientras indicaba las manecillas de su reloj y sonreía.

Pese a que sus palabras eran inocentes (luego veremos que no tanto) Evaristo se lo toma como algo personal. Yo en cambio pensaba que era una simple rabieta, que en unos días se le pasaría, pero me equivocaba. Llegó tarde el siguiente día, y lo veo en caja con una sola barra. Él al verme se dirige a mí con una sonrisa burlona y me dice:

- Perdona que no haya cogido tu barra, lo he olvidado, pero aún quedarán dos o tres, y con lo rápido que eres no deberías tener problemas para llegar.

Obviamente no queda ya ninguna cuando llego, y eso que ese día llevaba máscara y puedo pasar más rápido la primera sección. La gente se había lanzado a por la última horneada del mediodía cual ave rapaz, y no había rastro ni de las migas.

Entonces, decido salir por la otra caja, no sea que me encontrara a esa escoria y le hiciera tragar  el pan de un solo bocado.

Allí me encuentro al señor que había abierto la caja de las tormentas. Pese a que no sale una palabra de su boca, parecía saber absolutamente todo lo que había pasado.

Yo le digo:

-Prepare el cronómetro para el siguiente día. Él asiente con una maligna mirada que me produjo un escalofrío.

 Diego García Vizcaíno

Diego García Vizcaíno

Escritor at ScripToryuM
Diego García Vizcaíno, nació en Valencia en 1996.

El contacto con la lectura le llegó desde muy pequeño. Sus padres son ávidos lectores y afortunadamente para él, quisieron transmitirle ese interés por la literatura.

Recuerda con cariño como antes de irse a dormir leía cuentos con su padre, o como su progenitor le entretenía leyendo cómics o los relatos que Diego había escrito. Por si no fuera poco, su abuelo por parte materna, es poseedor de cualquier libro que puedan pensar. Siempre que ha deseado una obra, la ha tenido bajo el brazo en cuestión de segundos.

Escribir es algo que o se le da bien, o al menos no tan mal como el resto de cosas, y por eso le gusta hacerlo. Le permite variar un poco el mundo y su previsible destino. Además, puede conocer gente muy interesante que comparta esta afición.

“Tengan buen día” nos desea.

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